¿Cuándo dejar tu trabajo por cuenta ajena?

En tiempos de largas pausas, desde períodos de vacaciones hasta bajas por maternidad o enfermedad, sobre todo cuando la pausa es de dos o más semanas y ponemos kilómetros por medio, es muy habitual que nos planteemos cosas que en el día a día apenas son un run-run que no percibimos o que no logramos descifrar.
Casi siempre estas reflexiones se quedan en pensamientos que igual que llegaron se van, pero, en ocasiones, deciden quedarse en nuestra cabeza de manera contundente.

Las que permanecen son las causantes que hacen que algunas estadísticas digan que, después de estas pausas, es cuando hay un mayor porcentaje de divorcios y de rupturas en diferentes ámbitos de la vida, en el profesional también, porque es entonces cuando nos hacemos preguntas como:
– ¿Me gusta mi vida?
– ¿Cambiaría alguna cosa?
– ¿Estaré a tiempo de hacer lo que siempre he querido o seré ya muy mayor?
– ¿Por qué a mis amigos y familiares les van bien las cosas y a mí no?

La cabeza, que estaba relajada, de repente, no para de dar vueltas y más vueltas y, conforme se acerca el día de volver a la normalidad, la presión por encontrar respuestas aumenta.

A veces sientes que eso que has deseado durante tanto tiempo y con tantas ganas, de repente, no puede esperar ni un día más, ni una hora más, porque si lo haces, perderás  una gran oportunidad sin la cual ya no podrás ser “verdaderamente” feliz.
Otras, es una idea nueva la que te asalta, y te dices a ti mismo cómo es posible que no te hayas dado cuenta antes de algo que ahora te parece tan transcendental.

La mayoría de las veces es una falsa ilusión, y la realidad que llega, mostrándote que los días “normales” poco se parecen a los de pausa, pronto te lo demuestran.
Pero hay otras, en las que ciertamente estás acertado, y necesitabas un detonante o un revulsivo para dar un cambio a tu vida pero, si la decisión que tomas, por más buena que sea, la tiras adelante precipitadamente, el porcentaje de probabilidades de que acabe de la misma manera, precipitadamente, es altísimo.

Sin duda alguna desconectar, hacerse preguntas, analizar y tomar decisiones no es nada malo, todo lo contrario, es más que recomendable. Pero hacerlo, convirtiéndolo en una cuestión que parece de vida o muerte, es lo que puede traer grandes problemas.

De hecho, como nos muestran los libros “Real artist don’t starve” de Jeff Goins y “Rework” (Reincia en versión castellano) de Jason Fried y David Heinemeier que encontrarás entre mis lecturas recomendadas, no son los que toman decisiones con prisa los que triunfan, sino los que saben esperar y tienen un plan.
Para darte algunos datos concretos te diré que, según uno de los estudios que se comentan entre sus páginas, el conducido en el 2008 por Joseph Raffiee y Jie Feng, en el que siguieron la trayectoria de 5.000 emprendedores americanos, aquellos negocios que fueron más cautelosos a la hora de crearse fueron los que tuvieron más éxito. En cambio, los que dejaron su trabajo precipitadamente, el típico modelo de valiente emprendedor triunfador que nos suelen dibujar, tenía un 33% de probabilidades de fracasar.
Mientras que los que van rápido pueden tener momentos de buena suerte e incluso épocas de generar muchos ingresos, los negocios “hechos a mano” y a fuego lento superan mejor las crisis, se mantienen en el tiempo y son más rentables.

No sé si conocías estos datos, pero sospecho que la idea general que comparto hoy contigo, la de no tomar decisiones en caliente, no tiene nada de revelador para ti, es en esencia, la conocida fábula de la “liebre y la tortuga”.
Creo que coincidirás conmigo que lo cierto es que, en la mayoría de casos, sabemos la respuesta de lo que es más adecuado para nosotros sin que nadie nos lo tenga que decir. Nos sabemos la teoría, pero a veces es realmente muy difícil ponerla en práctica. Las emociones, de las que apenas nos han enseñado cómo gestionarlas, nos juegan aquí una mala pasada, trayendo con ellas, en demasiadas ocasiones, graves consecuencias.
Por este motivo tan importante pienso que no está de más hacer un recordatorio, aun a riesgo de parecer aburrida o poco innovadora.

He elegido este momento, para muchos el anhelado tiempo de las merecidas vacaciones, porque sé por experiencia propia que suele ser el momento más propicio para caer en estos incendios de la mente.

Todavía recuerdo los últimos días en mi trabajo por cuenta ajena justo antes de tomar la decisión de apostar por mí para dirigir y editar mi revista veoveo magazine y a la vez hacer talleres de manualidades en un centro cívico.
El humor me había cambiado porque sentía que me estaban robando el tiempo para dedicarlo a lo que me parecía “realmente importante”:
– encontraba molestos y graves los detalles más tontos
– ponía quejas a lo que se me pedía aunque fuera fácil
– y empecé a hacer “cosas mías” desde el ordenador del trabajo, cosa que nunca antes había hecho.
-…
Era como si me autosaboteara para que me despidieran.

Hacía meses que combinaba las 3 ocupaciones hasta que llegó un momento que se hizo insostenible. Por aquel entonces no sabía que, por más que te mentalices, no se puede aguantar más de año y medio una situación como la que provoqué.
Tenía todas las horas del día ocupadas, algunas de la noche y casi todas las de los días festivos. La ilusión lo invadía todo y me parecía que toda la vida podía vivir así, sin necesitar nada más, ¡ni siquiera comer!
Las relaciones con los amigos desaparecieron de mi agenda y mi vida de pareja también empezó a sufrir las consecuencias.

Un día un compañero de trabajo me dijo:
“Algo no va bien, cada días estás más delgada y ahora ya no sonríes todos los días como antes.”
Entonces no supe ver que una pasión puede convertirse en una obsesión, e incluso en un infierno del que es difícil de salir porque lo has provocado tú mismo.

No sé cómo, pero al final conseguí trabajar hasta la fecha que había prometido. Ya había pasado por un momento similar cuando tuve mi propio taller de joyería textil y no quería que me pasara igual.
Fue un momento crítico, en el que sabía que a pesar de una planificación previa, si me acababa anticipando “de nuevo” a dar el paso de emprender sin tener los recursos y tiempo  necesarios para la nueva etapa, tendría menos probabilidades de éxito.

¿Qué hubiera pasado si me hubiera precipitado?

– Hubiera quedado mal con mis jefes y compañeros.
– Me hubiera arrependido de mi comportamiento.
– Ahora no seríamos buenos amigos, ni me hubieran prestado apoyo en la nueva etapa ni, por poner solo un ejemplo, no me hubieran presentado a mi actual editorial.
– No hubiera tenido dinero para financiar mi proyecto.
– No hubiera aprendido muchas cosas que luego me han ayudado mucho en mi negocio y que también ha contribuido a que sea más genuino por la mezcla.
– No hubiera tenido tiempo de saber si me gustaba o si funcionaría lo que tenía en mi cabeza.
– etc…

A veces pasa que la decisión que tomas es la buena pero, como has tardado tanto tiempo en tomarla, cuando finalmente lo haces, te precipitas pasándote de frenada. Tienes la sensación de que has perdido demasiado el tiempo y que ahora “debes” recuperarlo.
Pero lo cierto es que el tiempo no se recupera, o en todo caso no va más rápido porque tú lo tengas más claro. Ni tampoco va más rápido porque ahora te parezca por fin fácil.
Entonces no vale la pena correr…

En otras ocasiones la decisión de dar el paso no tiene tanto que ver con lo que se espera que pase después de ese momento sino que la motivación está en parar lo que estás haciendo. El cambio de trabajo sirve como transición hacia lo que realmente queremos o nos encaja. Uno es una puerta de salida y será el siguiente, u otro más, el sitio donde quieres estar.
Por ese motivo es mejor no precipitarse y darse un tiempo para meditar esa decisión y una vez tomado darse un espacio para testearse a uno mismo.
Esto que puede parecer evidente, en el momento en el que se vive puede que no seas consciente de ello y hagas la lectura con el tiempo.
Lo más importante es darse cuenta, más que el tiempo que te lleve porque, si te quedas en el trabajo que solo ha sido una válvula de escape, puedes acabar igual de frustrado que en el primero.

Piénsalo, seguro que a ti también te ha pasado. Si has vivido algún momento similar a este y te precipitaste, te invito a pensar en qué pasó:
– ¿sucedió lo que esperabas?
– si no lo conseguiste o no diste el paso ¿se acabó el mundo?
– ¿con el tiempo acabó pasando lo que creías que solo podía darse en un momento determinado?

Cuando te paras, puedes ver claro, ¡y esto está genial!
Yo recomiendo muchísimo parar y dedicarse tiempo de silencio con uno mismo. Pero después de ese impulso inicial, tienen que llegar tiempos de reflexión, toma de decisiones y sobre todo planificación.

En este sentido no estamos viviendo momentos fáciles para darnos tiempo. Algunos factores que nos afectan en la actualidad no ayudan:

  • Vivimos en la era que todo va rápido, excesivamente rápido, y nos parece que nosotros tenemos que ir a la misma velocidad para no perder oportunidades.
  • Desde primera hora de la mañana hasta la noche estamos con personas o conectados a la pantalla de un móvil, de un ordenador o de la tele, siempre recibiendo imputs que nos dicen que casi todo el mundo es más listo, guapo, rico o famoso que nosotros. O que muestran lo que tenemos que hacer y lo que nos debe gustar.
  • Tenemos acceso a información y herramientas como nunca antes en la historia, y sabemos cómo lo han hecho los que ahora están en lo más alto. Por eso nuestro cerebro procesa muchísima información y le parece que por entender algo es sinónimo de fácil, y como consecuencia que nos ocupará poco tiempo.
  • Nos venden atractivas herramientas que parece que venden solas y nos hacen olvidar que solo el trabajo, las personas y el tiempo genera la confianza de la gente y, como consecuencia, ventas y clientes fieles.

Ya ves, no es nada fácil. Pero lo que vale la pena no suele serlo. No obstante, eso no significa que iniciar un nuevo camino desde el momento en que tomes tu decisión tenga que ser una tortura.
Como dice mi amiga Leire, a unas vacaciones sí le dedicamos el tiempo de planificación, y en cambio a algo tan importante como cambiar de trabajo o montar un negocio, muchas veces lo dejamos casi a la improvisación por que se apodera de nosotros el miedo o el exceso de ilusión.

Las personas inquietas y sensibles tendemos a tomar decisiones más emocionales y por ello nos cuesta mucho hacer las cosas más despacio. Lo mismo que es una gran virtud en nosotros y nuestro valor diferencial como creadores y creativos y por extensión de nuestro negocio es lo mismo que nos puede matar.
Pero, poner luz sobre un punto débil no es una mala noticia ¡todo lo contrario!
Significa que es el inicio de encontrar la solución para neutralizarlo.
Y yo tengo clara una cosa, si estás leyendo este post es que
¡tú podrás conseguirlo!

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